Comparándome sin Querer: La Envidia que Llega sin Avisar

De regreso a casa, pasé por una cafetería de esas que se hicieron famosas porque algún influencer las visitó. Afuera había un grupo de chicas riendo, vestidas como si hubieran salido de Pinterest: impecables, sincronizadas, luminosas.

Mi mente hizo zoom automáticamente.
Y lo siguiente que vi fue mi propio reflejo mental: mi sonrisa falsa en Villa de Leyva, esa que ensayé porque me daba miedo verme menos feliz que las demás.

A veces la comparación no llega porque quiero… llega porque mi mente no sabe poner pausa.

No quería ser como ellas.
Quería sentirme suficiente como yo.

Pero ahí estaba esa punzada silenciosa: comparar mi vida real con la vida editada de otros. Pensé en mi tarjeta de crédito al borde del límite, en mi deuda creciente, en mi intento constante de sostener una imagen que ya no puedo pagar—ni económica, ni emocionalmente.

Estoy cansada de competir contra versiones perfectas que quizás tampoco existen.

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