Hoy me desperté con esa sensación rara que conozco demasiado bien: las manos frías, el pecho apretado y la cabeza corriendo más rápido que yo. A veces pienso que mi mente tiene un botón de “acelerar” que se presiona solo.
A veces siento que mi vida ocurre más rápido de lo que puedo respirar.
Este fin de semana viajé con mis amigas de la Universidad sí, las de siempre, las que salen en mis historias riendo y posando como si viviéramos en una serie teen. Y aunque el viaje fue lindo, hubo algo que me acompañó más que el viento en Villa de Leyva: la ansiedad. Esa que aparece cada vez que tengo que decidir qué mostrar y qué ocultar en mis redes.
Mis amigas parecían disfrutarlo todo. Yo también… o eso intentaba demostrar. Tomamos fotos en Pozos Azules, hicimos videos con filtros bonitos, y por unos segundos todo se sintió perfecto. Pero detrás de cada sonrisa había una pregunta incómoda:
¿Esto será suficiente para que me vean? ¿Para que me validen?
A veces siento que la versión que muestro de mí es un personaje bien producido, pero no del todo honesto. Y me asusta pensar que la gente conozca más a esa “Lucía editada” que a mí misma.
Hoy no publiqué nada. No pude. La ansiedad ganó la partida… al menos por ahora.

