Hoy, entre clases, me quedé mirando por la ventana de la cafetería. Había un grupo de estudiantes conversando en el patio, riendo como si el mundo se detuviera ahí. No escuchaba nada, pero cada gesto me despertaba historias posibles en mi cabeza: ¿consejos? ¿coqueteo? ¿drama? ¿algo importante?
Esa curiosidad real se sintió cálida, viva.
Pero luego llegué a casa y abrí mis redes.
La curiosidad cambió de sabor. De pronto me vi atrapada revisando historias de gente que ni conozco bien, tratando de entender qué hacen, dónde están, por qué parecen tan felices.
Lo curioso es que, aunque sé que esas vidas están editadas, mi mente igual cae. Y lo peor: siento que me pierdo algo todo el tiempo. Como si mi vida fuera una versión preliminar mientras la de otros es la definitiva.
Mi curiosidad debería acercarme… pero últimamente solo me aleja de mí.
Mi curiosidad, que debería acercarme a los demás, está empezando a alejarme de mí.

