Hoy pasó algo que todavía me hace sonreír. En el salón, mientras hacíamos un trabajo grupal, mi compañera Sofía regresó del baño, tropezó con su propio pie y cayó despacio, como en cámara lenta. No se hizo daño, pero todos quedamos viéndonos antes de estallar en carcajadas. Andrés, que estaba tomando agua, terminó expulsándola por la nariz. Fue un momento ridículamente perfecto.
Y ahí estaba yo, en medio de la risa más auténtica que he tenido en semanas. Nada de poses. Nada de filtros. Solo nosotros siendo humanos.
Mi primera reacción fue automática: sacar el celular. Inmortalizarlo. Convertirlo en contenido. Quería tener la prueba de que también tengo momentos “dignos de historia”. Pero algo adentro me detuvo.
Yo tuve el momento… pero otros habrían tenido la prueba.
Ahí apareció esa emoción incómoda que odio admitir: la envidia. No por mis amigos, sino por la facilidad que veo en otros para capturar lo espontáneo, para convertir su vida en algo publicable sin esfuerzo.
Yo tuve el momento.
Pero otros habrían tenido la foto perfecta.
Y esa diferencia se sintió como un hueco en mi estómago.
Hoy entendí que mi envidia no es hacia personas específicas, sino hacia esa versión idealizada de la vida que todo el mundo parece tener… menos yo.

